Análisis

La rosa se marchita


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Daniel Rubio Sánchez. Los resultados de las elecciones europeas para UPyD fueron, en mi opinión, mediocres. Unos resultados que pueden tener como consecuencia a largo plazo, si no se actúa, la irrelevancia del partido en la escena política española.

UPyD apostó por un perfil bajo en estas elecciones pensando que tendría todo ganado de partida y finalmente no fue ni mucho menos así. La dirección del partido revalidó erróneamente su apoyo a Francisco Sosa Wagner tras una legislatura en solitario en el Parlamento Europeo bastante pésima en muchos aspectos.

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Revalidado ese apoyo y presentada su candidatura junto a más de 40 contrincantes, Sosa Wagner ganó de manera muy holgada un proceso de primarias que no estuvo exento de polémicas y batallas internas. No se trata de una de las personas más queridas por la militancia de UPyD, pero tanto la mayoría de la dirección como de los afiliados decidió darle su apoyo de manera libre y legítima para que liderar la lista del partido en las elecciones.

Después de esta victoria en las primarias dio comienzo una campaña apagada, triste y gris en la que el candidato estuvo prácticamente desaparecido y en la que se habló de temas europeos interesantes para quienes nos dedicamos al estudio de la política internacional, pero irrelevantes para la mayoría de la ciudadanía. Aquí probablemente se abre un debate interesante entre quienes leéis este artículo; habrá quien considere que se debe hacer política orientada en satisfacer a la ciudadanía y quienes creen que se debe tener una línea política autónoma e independiente de las pulsiones de los votantes. Bien, personalmente considero que ambas posturas son esencialmente falsas. No se puede hacer, como se hizo en esta campaña de UPyD, política para los afiliados y especialistas al igual que no se puede buscar siempre agradar el oído del votante. Como en casi todo en la vida, en el término medio está la virtud. El error de esta campaña de UPyD, desde mi punto de vista, radicó en no saber ganarse al votante. Pensar que será el votante quien se preocupará por UPyD y no intentar lo contrario es un error de planteamiento que aprecio en UPyD desde el principio y del que no se libró esta campaña.

UPyD no ha logrado desprenderse de ese aura de ‘partido de intelectuales’ con el que se fundó en 2007. No ayudan demasiado en ese sentido tampoco que muchos de los actos del partido que se realicen sean en hoteles, invisibles para los ciudadanos y que generan una imagen elitista unida a las altas cuotas de afiliación que no ayudan a que la gente se sume al proyecto. Tampoco las últimas crisis internas en Murcia o Europa.

Resulta curioso que en estos momentos quienes apostaron por la candidatura de Wagner en las primarias y le defendieron como la mejor opción hayan llegado a tacharle de “mezquino” o “corrupto” y despotriquen contra él todas las semanas. Que nadie me malinterprete, no defiendo a Sosa Wagner. Nunca le he apoyado y nunca me ha gustado como representante de UPyD en Europa. Ni ahora, ni antes de las primarias ni durante su primera legislatura. Nadie podrá encontrar en mí contradicción alguna en ese aspecto, contradicciones que sí se pueden ver actualmente en las figuras más destacadas del partido. No alcanzo tampoco a comprender de momento cómo ha podido pasar alguien de ser quien mejor podría representar al partido a ser alguien despreciable. Aquí, desde mi punto de vista, sobran adjetivos y falta autocrítica por parte de quienes impulsaron una candidatura que ha resultado, a todas luces, un error muy grave.

Tampoco alcanzo a comprender cómo puede marcharse de un partido diciendo que “quiere recuperar su libertad” alguien que ha hecho, durante su primera legislatura en el Parlamento Europeo, básicamente lo que buenamente le ha dado en gana aunque en muchas ocasiones fuera en contra de los principios de UPyD. Nadie le riñó, al menos públicamente ni se le sancionó por ello. Tampoco se le sancionó por votar a favor del candidato conservador Jean-Claude Duncker como Presidente de la Comisión Europea junto a Fernando Maura en contra del criterio del partido, la que creo que es la opinión de la mayoría de la militancia y lo defendido durante la campaña. Este comportamiento individualista bastante extendido entre las personas con su nivel de formación y reputación no se dio solo en ese momento, venía de antes y pese a todo la dirección del partido apostó por él. También la mayoría de los militantes que votaron y que, por cierto, fueron bien pocos (participaron en torno a 1.800 personas de 5.300 con posibilidad de hacerlo)

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Que nadie se lleve a engaño, UPyD ya tenía problemas -y bastante graves en mi opinión- antes del fracaso de las elecciones europeas, un fracaso que quizás solo sea la consecuencia de un cúmulo de errores de distinto tipo que han sido ignorados por la aparente subida en las encuestas.

Parte del fracaso proviene de los factores internos comentados anteriormente, pero es innegable que el retroceso que está viviendo la formación en estos momentos viene acompañado de una revolución política externa a la que UPyD no ha sabido enfrentarse pese a partir de una posición privilegiada para ello.

Tras años de lucha combatiendo el bipartidismo y el eje político izquierda-derecha con propuestas parece que los réditos electorales de esa pequeña (en tamaño, no en ideas) batalla los están obteniendo otros que acaban de llegar con un mensaje diferente pero con algunos puntos en común.

Podemos ha capitalizado el descontento con los dos grandes partidos, algo a lo que algunos cuadros de UPyD no aspiran y es respetable pero incorrecto desde mis planteamientos. Un descontento que existía antes de su llegada cuando solo UPyD lanzaba determinadas ideas (independencia de la justicia, limitación de mandatos, eliminación del aforamiento, eliminación de privilegios políticos…) pero que no supo hacer llegar a la ciudadanía por errores propios y la indiferencia deliberada de los medios de comunicación.

En estas elecciones europeas se ha quebrado gravemente el bipartidismo gracias al trabajo de Izquierda Unida, UPyD, Podemos, Ciutadans o Equo, pero los réditos de esa quiebra no se han repartido por igual. Podemos, con su mensaje rupturista ha cautivado, y sigue cautivando, a centenares de miles de ciudadanos.

Una vez quebrado el eje clásico bipartidista y perdido el miedo a votar a otras opciones políticas (lo hizo el 50% de los ciudadanos en las europeas) se ha creado un nuevo eje político entre partidos viejos y partidos nuevos impulsado por la idea de “casta” de Pablo Iglesias tan repetida en los programas a los que, a ellos sí, les invitaban.

Aquí debe situarse ahora UPyD y saber a qué aspira. Determinar hasta dónde llega su radicalismo reformista y si su papel en la política española se limitará a hacer de apoyo electoral de los partidos viejos a cambio de reformas importantes, pero que no llegan a resolver el núcleo de los problemas. Unos problemas que Podemos ha identificado con claridad en su discurso político, pero cuyas soluciones aportadas hasta el momento por el partido parecen a día de hoy inaplicables.

No creo, ni mucho menos, que la solución a la crisis de UPyD pase precisamente por copiar el discurso de Podemos, pero sí que se debería tomar nota de su comunicación política, un aspecto en el que UPyD lleva fallando estrepitosamente durante años sin que nadie parezca darse cuenta. Sí debería tomar nota de que se puede hacer un discurso más crítico sin miedos y ganarse el apoyo de la ciudadanía. Sí debería tomar nota de que sin militancia tu discurso tiene grandes dificultades para calar entre la gente.

Podemos es la opción ahora mismo de mucha gente ilusionada simplemente con un cambio. Ese cambio, en mi opinión, probablemente traería un país peor del que actualmente tenemos, pero la situación es tan crítica que muchos ciudadanos creen mejor la incertidumbre a un presente como el actual.

UPyD ha fracasado. No debería haber problema alguno en reconocerlo. Es el primer paso para cambiar lo que, a juicio de todos, deba cambiarse y seguir trabajando, como hacen incansablemente muchos amigos todos los días, para construir una verdadera alternativa a lo que existe actualmente y a lo que puede llegar en cuestión de meses.

Sobra soberbia, sobra una política interna de partido demasiado rígida y falta ilusión y ambición. La situación ciertamente es complicada y se antoja aún más difícil en los próximos meses, pero solo si se es capaz de reaccionar se podrá recuperar el crédito perdido. Estamos ante un momento de cambio político que exige cambios políticos en los propios partidos. No cabe la posibilidad de acomodarse, resignarse a ser testimoniales y una mera comparsa de PP o PSOE. No es eso por lo que luchan cada día centenares de afiliados y simpatizantes.

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Bajo mi punto de vista hay que distanciarse de lo viejo no solo más en el discurso, sino también en las formas. Radicalizar el mensaje con batallas como la de Caja Madrid o Caja Segovia o la lucha por la independencia de la justicia. No tener miedo a señalar con el dedo a los culpables de tanto sufrimiento. Unir fuerzas con quienes compartan esas batallas, se llamen Ciudadanos, Equo, Podemos o Vox.

Quizás sea momento de ir cediendo el liderazgo a nuevas y renovadas figuras capaces de liderar, con mucha humildad pero toda la ambición posible, una corriente progresista que no se contente con la situación actual ni cambios puramente cosméticos. Una corriente que, desde la moderación, quiera construir con grandes reformas y de la mano de quienes quieran un país mejor, más justo, y un futuro más próspero para las próximas generaciones.

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