Análisis

Podemos: del dominio del lenguaje al poder en las instituciones


Daniel Rubio Sánchez. Parecía imposible hace tan solo unos años, pero el tablero político español ha cambiado. ¿Se trasladarán esos cambios a las instituciones? ¿Ha cambiado realmente la sociedad?

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Por primera vez en más de 30 años las encuestas vaticinan mayoritariamente la victoria de un partido político que no es PP o PSOE. Una situación que, pese a ser de extraordinaria relevancia en el plano político, no parece tampoco haber recibido la atención que merece.

Desde la crisis de 2008 el sistema de partidos español ha sufrido numerosos sobresaltos, pero no ha sido hasta ahora cuando el equilibrio de poder ha sido enormemente alterado. La resistencia de los partidos tradicionales a adaptarse a una realidad social cambiante derivada de una mayor exigencia ciudadana con sus representantes ha creado un marco de oportunidad por el que han entrado con mucha fuerza nuevas formaciones políticas. La tan cacareada grieta del bipartidismo ha dado paso a un agujero por el que el sistema político está recuperando a numerosos ciudadanos que desde hace un tiempo no se veían representados.

No han sido, y no parece que vayan a serlo, UPyD o Izquierda Unida como fuerzas minoritarias quienes vayan a recoger ese descontento. Ninguna de las dos formaciones tiene a día de hoy unas perspectivas electorales halagüeñas (ambas formaciones se mueven entre el 5-6% de los votos) y el escenario político que empieza a vislumbrarse para 2015 les otorgaría, con suerte, el papel de fuerzas residuales en un Congreso con tres grandes bloques políticos. Ni el intento de canalizar la indignación con la corrupción ha funcionado para UPyD ni el intento de arrebatar espacios al PSOE por su izquierda con una retórica pseudomarxista ha sido fuente de apoyos suficiente para IU.

La pregunta a plantearse en este momento es, ¿por qué habrían fracasado Izquierda Unida y UPyD en el mismo marco político en el que Podemos sin embargo parece que va a triunfar?

La identificación de los factores de este fracaso y éxito debe ser, desde mi punto de vista, multicausal. En primer lugar hay que destacar el éxito de Podemos a la hora de establecer un marco ideológico favorable, algo que ni Izquierda Unida ni UPyD han sabido hacer. A pesar de que la situación política y económica y las consecuencias sociales les eran favorables a su discurso ninguna de estas formaciones políticas ha sabido crear un marco conceptual fuerte que estableciera una clara delimitación entre ellos y los demás. A pesar de las innumerables ocasiones en las que hemos podido ver a ambas formaciones minoritarias atacar el bipartidismo y sus deficiencias ninguna de las dos ha logrado ofrecer algo distinto a ojos de los ciudadanos.

Podemos, con sus carencias en otros ámbitos, ha sabido crear un campo de juego político que como es de esperar es totalmente favorable para ellos: nosotros contra la casta. Para crear este marco ideológico se han servido no solo del término casta, sino de la identificación como casta de prácticamente todo aquello que existiera con anterioridad a ellos estableciendo a la vez una crítica que les definía políticamente más allá de etiquetas. A la vez que han creado en el debate político actual un marco cognitivo con grandes réditos electorales para su partido han utilizado esa identificación de los defectos del adversario como forma de demostrar su superioridad. No estamos atendiendo – ni vamos a atender- a una retahíla de argumentos de por qué Podemos es una mejor opción de voto, sino a una enumeración constante de los defectos del otro que consecuentemente establecer a Podemos como mejor alternativa dentro del desastre que identifican correctamente.

Ahí está uno de los factores que explican el éxito, la división Podemos-casta, o Podemos-régimen del 78. Su acertada estrategia comunicativa y la docilidad de algunos medios han permitido que el debate político desde mayo se haya circunscrito a sus reglas del lenguaje. La estructura cognitiva que han logrado construir en gran parte de la población facilita además que cualquier ataque les refuerce políticamente al identificarse como víctimas de un sistema que teme su éxito electoral.

Sin embargo, la crítica al adversario no explica por sí sola su éxito. El discurso político de Podemos – más allá de esta estructura cognitiva- se asienta en lo que en análisis del discurso político se conoce como significantes vacíos. Sus discursos se articulan en torno a conceptos ontológicamente vacíos y suficientemente ambiguos en su significado como para que cada receptor les dote de un significado que se adapte a sus ideas. Es tan acertada la crítica a Podemos de su falta de concreción en sus líneas políticas como deliberada es esta. Ocupar “la centralidad del tablero político” exige algunos sacrificios como hacer un programa articulado en torno a conceptos genéricos y universales. Esto supone además, como he señalado en algún análisis previo, pasar por encima del eje clásico izquierda-derecha para salir en búsqueda de votantes cabreados con la situación actual que no encuentran acomodo ni en los partidos tradicionales ni en el discurso de los minoritarios.

Es la suma de estos factores –junto a otros muchos- que han propiciado su éxito la que podría explicar llegado el momento también su declive. Si las encuestas de acercan mínimamente a una realidad política cada vez más cambiante Podemos podría tener responsabilidades de gobierno a nivel autonómico o local solos o en coalición con otras fuerzas de izquierda de la misma manera que no sería totalmente descartable su llegada en coalición con el PSOE al gobierno. De su capacidad de mantener un discurso ilusionantemente vacío en el ejercicio del poder dependerá su futuro a medio y largo plazo.

«No me pregunten quién soy, ni me pidan que siga siendo el mismo» decía Foucault en Arqueología del saber. Quién sabe si en un tiempo al tener responsabilidades más allá de canalizar la ilusión de una ciudadanía harta de lo actual Pablo Iglesias dice algo parecido.

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