Durante las últimas semanas el problema griego se ha convertido en el eje sobre el que orbitaba el debate político europeo. La evolución de los acontecimientos, sin embargo, no invita a pensar que la situación se haya resuelto ni mucho menos. El evidente e inapelable fracaso del gobierno de Tsipras en las negociaciones no debe ocultar los errores, múltiples y variados, también cometidos por las instituciones comunitarias.

Es cierto que los griegos están hartos de años de recortes y políticas de austeridad y eso dificulta esa asunción de las exigencias a cambio del paquete de ayuda, pero no se puede exigir ayuda para evitar la quiebra sin cambiar absolutamente nada.  El ejecutivo de Tsipras, además, agita e incita este sentimiento para reforzar su posición en las negociaciones.
La plaza Syntagma ha sido escenario de numerosas concentraciones a favor y en contra de las políticas económicas de la troika y el ejecutivo de Tsipras

Aun a riesgo de que lluevan las críticas, las cosas hay que decirlas tal y como son. Grecia es un país que sufre en último término las consecuencias de su propia incapacidad para resolver sus problemas. Los males de Grecia son, básicamente aunque no únicamente, culpa de Grecia. Hasta hace bien poco, la élite política griega representada por los Papandreu, Karamanlís, Mitsotakis… hacía y deshacía a su antojo con el beneplácito de una población que revalidaba su apoyo elección tras elección. Las consecuencias con las que tiene que lidiar el ejecutivo de Syriza ya las conocemos.

Han sido esos gobernantes, con el apoyo de la población, quienes han mantenido un sistema político clientelar y cleptocrático que ha costado mucho dinero a sus propios ciudadanos, pero que ha sido lo suficiente hábil para que ese comportamiento no fuera castigado como debería, permitiendo a los griegos mantener unos privilegios de los que no gozan, ni mucho menos, el resto de los europeos. Efectivamente, sería deseable que todos los países integrantes de la Unión Europea tuvieran unas edades de jubilación más bajas, sin duda. También sería deseable poder evitar recortes en sanidad o educación.  Sin embargo, parece inaceptable acudir a una negociación para poder salvar la economía de tu país con la ayuda, entre otras instituciones, del BCE, cuando la edad de jubilación de tu país es la segunda más baja de Europa, únicamente por detrás de Francia. Entre provocar el sufrimiento deliberado a la población griega con calendarios increíbles para cobrar una deuda impagable y mantener a toda costa este tipo de privilegios tiene y debe haber un punto intermedio. Y es cierto que Grecia prevé aumentar su edad de jubilación a los 62 años… durante la próxima década.

Esta es solo una parte de la realidad. Los griegos mantienen ciertos privilegios, pero han perdido muchísimo durante estos años en los que se les ha aplicado de manera errática una política económica que se ha demostrado fallida. Han perdido prestaciones sociales, han sufrido recortes y se les ha quitado mucha de su dignidad como país. La depresión social que vive el país es consecuencia de los errores de los griegos (ciudadanos y políticos) pero también de la troika. La depresión que ha inundado Grecia durante meses parece haberse tornado en cólera a la luz de las últimas revueltas en Atenas fruto de la frustración generada por la incapacidad del gobierno de Tsipras de acabar con la parálisis que genera una deuda que hoy es el 180% de su PIB.

Los griegos mantienen ciertos privilegios, pero han perdido muchísimo durante estos años

El problema, desde mi punto de vista, es que ninguno de los actores se dan cuenta que forman parte del problema y malgastan energías en señalarse mutuamente como causantes de un problema económico, político y social cuyas consecuencias pagan, en último lugar, los ciudadanos griegos. A la vez, son ellos quienes parecen ser incapaces de aceptar que no se puede seguir pidiendo más ayuda a los socios del país (en algunos casos países aún menos prósperos que la propia Grecia) para poder gozar en algunos aspectos de unos beneficios sociales que superan con creces a los de aquellos. Es cierto que los griegos están hartos de años de recortes y políticas de austeridad y eso dificulta esa asunción de las exigencias a cambio del paquete de ayuda, pero no se puede exigir ayuda para evitar la quiebra sin cambiar absolutamente nada.  El ejecutivo de Tsipras, además, agita e incita este sentimiento para reforzar su posición en las negociaciones.

El bloqueo llegó a un punto las pasadas semanas que Tsipras acabó lanzando un órdago a sus socios en forma de referéndum cuyo resultado terminó en último término complicando aún más su posición en las negociaciones y ha terminado dividiendo en dos a su partido. Su papel de líder del cambio que necesita Grecia ha quedado además en entredicho con la exigencia de más sacrificios a los ciudadanos a la vez que mantiene el clientelismo y un gasto desproporcionado en partidas como el gasto militar mientras coquetea con la Rusia de Putin para poner nerviosa a la UE. El propio presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Junker, señalaba acertadamente que con rebajar unas décimas el gasto militar respecto del PIB podrían evitar la subida del IVA que entra en vigor ya. Sin embargo, Tsipras ha decidido evitar que el recorte (sólo con reducir un 1% del PIB se ahorrarían al año 1.790 M€) recaiga sobre el Ministerio de Defensa en lugar de perjudicar a la población gravando el consumo y lastrando la economía productiva, algo que no viene precisamente bien al país.

Con rebajar unas décimas el gasto militar respecto del PIB podrían evitar la subida del IVA 

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Al final el resultado de todo esto está siendo, como se evidenció en el referéndum, un rotundo rechazo a las políticas económicas europeas y el cuestionamiento de la propia irreversibilidad del Euro. Es tiempo de que todas las partes acepten que tienen algo que perder para evitar perderlo todo por el camino. Grecia deberá seguir realizando reformas y recortes (que el gobierno debería intentar evitar en la medida de lo posible que recayeran directamente sobre los más vulnerables), el resto de socios ayudando al país heleno y las instituciones internacionales aceptar la idea de que el total de la deuda griega es sencillamente impagable y una quita es inevitable. El proyecto europeo se tambalea seriamente y es más necesario que nunca pensar en el bien común anteponiéndolo al propio con una visión cortoplacista que solo conducirá al empeoramiento de la situación.

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