Análisis

El país que nos merecemos


Daniel Rubio SánchezEl abanico de opciones políticas de peso se ha abierto durante los últimos años, pero parecemos seguir condenados a elegir entre lo malo y lo peor. El lodazal en el que se ha convertido el debate político nos condena a votar con la nariz tapada esperando que la papeleta elegida sea la menos mala y no la mejor. La solución está en nosotros mismos.

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Faltan apenas cuatro meses para las próximas elecciones generales y los altavoces mediáticos comienzan a aumentar los decibelios y a hacer más evidente su posicionamiento en la pugna de noviembre. Se radicalizan los mensajes que lanzan los equipos de comunicación de cada partido, se multiplican las entrevistas. Se presume de cifras macroeconómicas que hace cuatro años eran un motivo para echar al anterior gobierno socialista. Se critica la ridícula subida de las pensiones desde las filas del partido que las congeló. Se abre el debate sobre la necesaria reforma de la ley electoral y terminamos sabiendo que es para crear un sistema que beneficie aún más a los partidos mayoritarios y asfixie la pluralidad política incipiente que llega a las instituciones. Se ataca al principal partido de la oposición por pactar para conseguir poder autonómico mientras se mantienen comunidades también mediante pactos, a veces incluso con el mismo partido. Ese partido de la oposición se lanza en tromba contra el nombramiento de un exministro de infausto recuerdo como embajador en la OCDE cuando ellos tienen en su haber otros tantos igual de polémicos la pasada legislatura, no hace aún cinco años. Nos creen amnésicos, y en este festival del ridículo y la confusión al que asistimos estupefactos algunos nos preguntamos… y en noviembre, ¿qué?

Hace pocos días en Twitter volvía a resurgir un viejo debate sobre España. Curiosamente, o quizás no tanto, somos nosotros mismos quienes tenemos la peor imagen de nuestro país.

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Paradójicamente, según la encuesta de de Pew Research Center, los españoles hace un par de años teníamos en mejor consideración a nuestros vecinos de Inglaterra, Francia o Italia que a nosotros mismos y mostrábamos, además, una visión muy positiva de Alemania pese a las idas y venidas que venimos sufriendo durante años en la Unión Europea con sus políticas de austeridad. En el otro lado de la balanza estaba Grecia. Parece que el discurso político oficial entonces triunfaba y con bastante éxito.

Hay quienes al conocer los datos se han llevado las manos a la cabeza escandalizados. Yo solo veo en las cifras la consecuencia de nuestro propio fracaso como país en muchos aspectos. No deberíamos avergonzarnos de ser españoles, pero tenemos mucho que corregir antes de pensar que somos un ejemplo para nadie en el plano político o económico. Podemos serlo en otros campos, y hay que impulsarlos, pero nos queda demasiado por avanzar en muchos aspectos. Ver a Rajoy presumir de crecimiento económico provoca desconexión con los políticos, cuando no rechazo. La realidad oficial nunca ha parecido tan alejada de la que vive el ciudadano. Las reclamaciones de la población nunca han estado tan lejos de lo que parece preocupar a sus representantes. 

La incapacidad del sistema político de regenerarse, renovarse y reinventarse tiene, casi con total seguridad, mucho que ver con el pesimismo que nos vemos a nosotros mismos

La incapacidad del sistema político de regenerarse, renovarse y reinventarse tiene, casi con total seguridad, mucho que ver con el pesimismo que nos vemos a nosotros mismos. Vemos cómo otros países no tan lejanos al nuestro son capaces de llegar a acuerdos en materia educativa y su educación es envidiada, miramos hacia dentro y solo encontramos gritos, argumentos vacíos y un debate que gira en torno a cualquier tema menos la propia educación. Ningún debate sobre la necesidad de dejar atrás la clase magistral para ir dando paso a otros métodos, ningún debate sobre la necesidad de mejorar nuestro nivel en otros idiomas, ningún debate sobre la necesidad de evaluar más allá de un examen, ningún debate sobre la tendencia a exigir memorizar sin razonar más que aprender. El resultado es un sistema educativo que sigue teniendo graves carencias y que provoca una desventaja competitiva respecto a otros países que además, unido a las disfuncionalidades del mercado laboral, termina exportando la inversión y el talento a otros países en forma de emigración de jóvenes recién titulados. Mientras tanto aquí nos encontrábamos discutiendo, aunque parezca mentira, sobre si aumentar el ratio alumnos/profesor era positivo. Empobrecían la educación y nos intentaban convencer de que se trataba de una mejora. 

Vemos cómo en otros países también existe corrupción pero las responsabilidades políticas se abandonan casi de inmediato cuando se destapa algún caso. Ante la duda se deja el cargo para preservar la institución. Miramos hacia dentro y vemos una guerra -porque no es un debate- sin fin en la que se arrojan casos de corrupción unos partidos políticos contra otros esperando que las cifras acaben ocultando la putrefacción consentida y mantenida que anida entre las filas de cada una de sus siglas. Cuando la pelea reposa un rato, además, podemos ver con claridad cómo se imponen a sí mismos códigos éticos y estatutos que no son capaces de cumplir creando una situación, si cabe, más desesperante. 

Pedimos un cambio y nos regalan caras nuevas vendiendo la misma mercancía averiada, ahora con una sonrisa más agradable para el votante y un look más casual sin corbata. Caras nuevas, políticas viejas.

Ansiamos un cambio de los modos en los que se ejerce el poder y de lo que se hace con él y descubrimos que aquellas prácticas nepotistas que señalaban quienes acaban de alcanzar el poder pidiendo exactamente esto ahora son consentidas sin sonrojo. No pedíamos que unos u otros dejaran de utilizar la administración pública como agencia de colocación, pedíamos que dejaran de hacerlo todos sin excepción. Pedimos un cambio y nos regalan caras nuevas vendiendo la misma mercancía averiada, ahora con una sonrisa más agradable para el votante y un look más casual sin corbata. Exigíamos regeneración y nos han traído a las juventudes que crecieron en los partidos al calor de los casos de corrupción que les han permitido abrirse paso entre sus padres políticos. Queríamos centrar el debate político en lo esencial y conseguimos tener a unos retirando el busto de un rey del que la mayoría nos habíamos olvidado ya mientras los de enfrente sacan a paseo el Frente Popular para meter miedo a sus votantes y los de en medio piden pactos para que todo siga igual y el cambio sea tan tranquilo que no nos demos ni cuenta de que algo ha cambiado. Caras nuevas, políticas viejas.

Da la sensación de que nadie se ha enterado todavía de que lo que algunos pedimos son debates serios y rigurosos sobre qué modelo de país queremos, cuáles serán nuestros sectores estratégicos en cincuenta años o qué papel internacional aspiramos tener. Que nos interesa un debate público, abierto, en el que puedan opinar los expertos sobre cómo queremos elegir nuestros representantes o cómo limitar la corrupción política y dónde están los límites para mantenerse en un cargo público. Sería necesario que se llegase a un gran acuerdo sobre qué consideramos esencial e irrenunciable pese a la crisis y tener la garantía de que el objetivo será preservarlo y no destruirlo con la crisis como pretexto.

Sería recomendable preguntarnos qué sistema sanitario podemos tener, cuál queremos tener y cómo financiarlo. Sería un gran avance un gran pacto nacional por la educación para evitar el esperpento de reformas educativas que no se llegan siquiera a aplicar que encadenamos por la falta de consenso entre las fuerzas políticas. Deberíamos reflexionar sobre cómo potenciar todo aquello que hacemos bien, que no es poco, y la necesidad de invertir en I+D+I para mantener nuestra posición en el mundo. Deberíamos reflexionar sobre nuestra responsabilidad como votantes para lograr que estos temas sean importantes y marquen la agenda política.

De nada servirá sustituir viejos diputados por recién llegados si las mismas inercias conservadoras y de fidelidad incuestionable al partido se mantienen en ellos

Son debates que España necesita y se merece tener y que solo podrán tener lugar entre quienes quieren hacer del país un lugar mejor, pese a todas las diferencias que puedan tener en el camino para alcanzarlo. Creo que somos nosotros, los jóvenes, quienes tenemos que impulsar ese cambio desde donde podamos y utilizando las pocas herramientas que el sistema actual nos otorga para ello. Es difícil sí, pero no es imposible. Sin embargo, de nada servirá sustituir viejos diputados por recién llegados si las mismas inercias conservadoras y de fidelidad incuestionable al partido se mantienen en ellos.

Conseguir que esta renovación real en los propios partidos llegue a los parlamentos es muy difícil por la propia estructura de los partidos y la rígida configuración de un sistema electoral que imposibilita apoyar a un candidato sin apoyar a todo su partido en lista, pero hay que mantener la esperanza en los jóvenes idealistas que esquivaron las cadenas de favores, mantienen aún el contacto con la realidad social. Esos que son conscientes de que la suya es la última oportunidad para cambiar de raíz el sistema sin que el sistema, con su tendencia a evitar cualquier cambio, acabe terminando de raíz consigo mismo. Ya solo nos queda combatir la decepción y las toneladas de desesperanza que hay entre la juventud llenando las urnas de votos por el cambio, las piedras de papel de Przeworski y Sprague, pero votar no será suficiente. El cambio lo tenemos que conseguir también cada uno de nosotros. Cambiar nuestras prioridades, penalizar políticamente lo que rechazamos, apoyar con nuestro esfuerzo y tiempo a quienes lo merezcan e involucrarnos al máximo en el proceso político. A veces la solución aparentemente más difícil de alcanzar está en nosotros mismos. 

Empezaremos a valorar más positivamente a nuestro país cuando hagamos de él un lugar donde nos sintamos más cómodos. Las urnas serán una herramienta imprescindible, sin duda, pero solo serán el resultado de un cambio que ya se habrá producido en la propia sociedad. Es ahí, en nosotros, donde está el verdadero poder y el cambio. Solo cuando seamos conscientes de ello veremos el resultado. Solo faltan unos meses.

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