Daniel Rubio Sánchez. Para aquellos que nos dedicamos al análisis de la realidad internacional 2016 ha sido un año política e históricamente apasionante. Da la sensación de que vivimos tiempos inusitadamente acelerados, de esos que marcan grandes cambios de etapa pero que lo son tanto que es difícil asimilar una realidad cambiante, mutante, diferente a cada momento.

1465228236_594864_1465463585_noticia_normal_recorte1La reciente muerte de Fidel Castro, el levantamiento del embargo estadounidense a Cuba, el creciente descrédito del gobierno venezolano o el golpe de Estado contra Dilma Rousseff configuran un nuevo marco político en Latinoamérica cuyas dinámicas pueden adivinarse conflictivas. Al norte, la (inesperada) victoria de Trump solo se comprende cuando se hace una valoración global de la transición general –o al menos Occidental– que estamos experimentando de vuelta a los orígenes identitarios, de recogimiento nacional y vuelta a la soberanía frente a la cesión de esta en pos de objetivos y retos comunes a los que enfrentarse de la mano. Los estadounidenses han preferido enfrentarse entre ellos mismos antes que rebelarse ante las élites que gobiernan su día a día y que en última instancia son responsables de sus logros y problemas políticos.

Aquí enraíza el principal marco de discusión teórico del populismo, ese fenómeno político del que tanto se habla últimamente pero tan poco se explica. Desde algunos ámbitos (Marlière, 2013) se critica la división que éste crea en la sociedad, dividiéndola en dos grandes campos de intereses contrapuestos. El populismo no es, a mi entender, una ideología con contenido programático (policies) real. Es más bien una herramienta con la que construir un nuevo sujeto de la acción colectiva (Errejón, 2012) —el pueblo— capaz de reconfigurar un orden social vivido como injusto, como indica Chantal Mouffe en diversas obras (Mouffe, 2013) (Mouffe, 2013). Todos estos conceptos se entrelazan con el constructivismo social y político, el análisis del discurso postpositivista y la hegemonía en todos los planos de “combate” (Mangabeira, 2009). La resignificación de categorías políticas jugar un papel clave para construir el discurso populista. La hegemonía, según teóricos como Ernesto Laclau (Laclau and Mouffe, 1985), es antes cultural que política. Es, por lo tanto, clave ser capaz de construir ese marco cultural dominante en el que se desarrolle el conflicto entre actores políticos. Contrahegemonía para establecer la nueva hegemonía.  Con un marco ganador, las reglas del juego cambian y las posibilidades se multiplican para las nuevas formaciones políticas (Moruno, 2016) (Mouffe, 2016) (Bourguignon, 2016).

“(El populismo es) ser capaz de construir ese marco cultural dominante en el que se desarrolle el conflicto entre actores políticos. Contrahegemonía para establecer la nueva hegemonía. Un marco ganador.”

En Europa vivimos actualmente una etapa que significará un punto de inflexión para nuestras democracias. De cómo responda la sociedad a la quiebra de confianza con el propio sistema dependerá su propia supervivencia como régimen democrático (The New York Times Editorial Board, 2016). Es evidente que el sistema ha fallado y la ciudadanía quiere cambios, pero su articulación puede ser diversa: radicalmente democrática, inclusiva y diversa o preocupantemente xenófoba, excluyente y nativista (Bonikowski and Gildron, 2013). En cualquier caso, mermada confianza en las instituciones y la posibilidad de los actores políticos del momento de responder a las demandas de los ciudadanos, apenas quedan salidas que no impliquen la creación de sujetos colectivos que, unidos, impulsen los cambios necesarios. Se trata, gráficamente, de unir las fuerzas de distintos sujetos –anteriormente con intereses contrapuestos– a los que les une una causa más importante como colectivo que aquellos factores que crean su identidad como diferentes y “empujar” para crear un marco ganador y establecer una nueva hegemonía que surja de la oposición a la anterior (Errejón, 2012) (Mouffe, 2016).

1466525257_712548_1466529193_noticia_normalTransformaciones así de importantes necesitan de una llama que haga prender la mecha. Expertos como Dani Rodrik (Profesor de Economía Política Internacional en la John F. Kennedy School of Government de Harvard) señalan la globalización económica como esa causa necesaria (Rodrik, 2012). La hiperglobalización en sectores como el comercio y las finanzas ha ido mucho más lejos de lo que las instituciones que regulaban, estabilizaban y legitimaban sus acciones eran capaces de supervisar, creando espacios de permisividad política y legal que han dejado espacio a la corrupción y, como consecuencia, a la impugnación general del proceso globalizador (Rodrik, 2016). La idea de crear mercados mundiales integrados de forma transparente no ha llegado a completarse lo suficientemente rápido como para que se aprecie ningún atisbo de transparencia o beneficio para determinados sectores de la sociedad y, por el camino, ha terminado desgarrando las sociedades (Bourguignon, 2016).

El proceso globalizador, por el momento, no solo no ha beneficiado por igual a todos sus actores, sino que además ha perjudicado enormemente a muchos de ellos (Bourguignon, 2016). Países como México, que se apoyaron en la globalización como su motor de crecimiento principal y que han realizado enormes esfuerzos por integrarse en la economía mundial a través del NAFTA y políticas comerciales y financieras neoliberales, no han logrado los réditos esperados y sus ciudadanos se muestran cada vez más críticos con la estrategia seguida durante las últimas décadas (Rodrik, 2016). Al otro lado, los resultados del mismo NAFTA tampoco han satisfecho a los estadounidenses, que han obligado a ambos candidatos a desarrollar un discurso abiertamente contrario a los principales tratados internacionales de comercio (TTIP y TTP) en negociación durante la campaña electoral.

“Una de las grandes preguntas del S.XXI es cómo enfrentarse a un proceso (la globalización) sin vuelta atrás que no está liderado por nadie y lo está por todos a la vez”.

La situación en Europa es bien diferente. A pesar de la crisis económica que viene condicionando la política económica desde 2008, seguimos disfrutando de unas cotas de bienestar e igualdad comparativamente envidiables por muchos de nuestros vecinos. Aún así, esto no debe ser óbice para que el discurso oficial aireado en medios y organizaciones neoliberales establezca un modelo social de mínimos inspirado en países como Estados Unidos como lo deseable y esperado por las generaciones que vengan (Türken, 2016). No solo tenemos la obligación de recuperar lo perdido, también la obligación de construir un modelo alternativo de hegemonía cultural y política que logre preservar las mejoras que vengan.

1478703705_202204_1478714954_noticia_normalHacer grande a Estados Unidos no debe suponer expulsar a nadie, sino crear un país mejor para sus ciudadanos en el que las clases más humildes no tengan que hipotecarse de por vida para poder estudiar o tengan miedo de tener que ir a un hospital por las deudas que pueda acarrear. La devolución de Francia a los franceses no será jamás completa en la medida en que el proyecto no sea inclusivo. Los desempleados franceses, de cualquier raza o etnia, no tienen objetivos contrapuestos. Y es que lo que verdaderamente temían las élites no era el populismo xenófobo de Donald Trump, sino el mensaje socialdemócrata de Bernie Sanders. No temían que un millonario más llegara a la Casa Blanca, sino la convergencia de intereses entre sujetos con identidades diferentes con la intención de cambiar el país.

Para combatir estos discursos no es suficiente con un listado de propuestas plasmadas en un programa electoral que caduque con la victoria del partido de turno. Tampoco sirven únicamente la defensa de la diferencia, la discriminación positiva y el multiculturalismo como alternativa internacionalista al nacionalismo identitario y el regreso esencialista.

“Un grupo de gente con el lenguaje grandilocuente de quienes se llaman camaradas mientras cantan La Internacional y ondean banderas del PCE no van a lograr cambiar jamás un país porque la cultura política establecida de momento lo impide”.

No pueden ser tampoco alternativa para llenar de contenido a ese discurso populista los regresos interesados a fórmulas y modelos históricos fracasados con discursos puristas pero condenados a ganar solo una pequeña parte de la izquierda (Moruno, 2016). Difícilmente podrá construirse un marco ganador si se opta por cargar con las mochilas de viejas tradiciones históricas respetables pero condenadas al fracaso electoral y la marginalidad. Un grupo de gente con el lenguaje grandilocuente de quienes se llaman camaradas mientras cantan La Internacional y ondean banderas del PCE no van a lograr cambiar jamás un país porque la cultura política establecida de momento lo impide.

Pese a que determinados sectores de la llamada nueva política tengan la tentación de convertirse en una fuerza de resistencia con el objetivo de preservar lo conseguido la única salida exitosa pasar continuar perseverando en la estrategia populista. Establecer un debate  interno entre moderados y radicales únicamente da fuerza a los rivales, que mantienen así como eje el marco izquierda-derecha. La obligación de cualquier fuerza política que tenga como objetivo la transformación social es aspirar a ganar, no a preservar la historia de las tradiciones políticas originales. Radicalidad implica necesariamente añorar el pasado, sino asumir la necesidad –casi obligación– de transformar el presente.

“Radicalidad implica necesariamente añorar el pasado, sino asumir la necesidad –casi obligación– de transformar el presente”. 

Eso implica crear una estrategia diseñada para atraer a todos aquellos deseosos de acabar con lo establecido y crear algo nuevo. A su vez, y es una condición sine qua non, no se puede olvidar ofrecer seguridad a quienes dudan, ofreciendo garantías, proyecto y visión de futuro. Derrumbar sin un proyecto de construcción posterior genera inseguridades, miedos y temores a los que se aferrarán, como ya ha ocurrido en España, los partidos conservadores (Errejón, 2012).

Para evitarlo, las fuerzas progresistas tienen la imprescindible tarea de resignificar el concepto de patria. Poniendo la lucha contra la desigualdad, la pobreza y la corrupción –significantes flotantes esenciales (Laclau and Mouffe, 1985)– como ejes de una acción política que tenga como base el impulso y la mejora del Estado de bienestar y elevar los estándares de la ética política.

Establecer la agenda, obligar a posicionarse en nuevos debates incómodos –como la propiedad intelectual e internet, por ejemplo– al resto de partidos políticos y construir mayorías progresistas que limiten la acción conservadora del gobierno será claves para ver si realmente se puede.

Works Cited

Laclau and Mouffe, E. C., 1985. Hegemony and Socialist Strategy. 2nd Edition ed. London: Verso (New Left).

Bonikowski and Gildron, B. a. N., 2013. Harvard University. [Online]
Available at: http://scholar.harvard.edu/files/gidron_bonikowski_populismlitreview_2013.pdf
[Accessed 25 November 2016].

Bourguignon, F., 2016. Foreign Affairs. [Online]
Available at: https://www.foreignaffairs.com/articles/2015-12-14/inequality-and-globalization
[Accessed 25 November 2016].

Errejón, Í., 2012. Universidad Complutense de Madrid. [Online]
Available at: http://eprints.ucm.es/14574/1/T33089.pdf
[Accessed 27 November 2016].

Mangabeira, R., 2009. The Left Alternative. 1st Edition ed. New York: Verso (New Left).

Marlière, P., 2013. Counterpunch. [Online]
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[Accessed 27 November 2016].

Moruno, J., 2016. Cuarto Poder. [Online]
Available at: https://www.cuartopoder.es/tribuna/2016/10/07/quien-falta-aqui-quien/9144
[Accessed 25 November 2016].

Moruno, J., 2016. El Diario. [Online]
Available at: http://www.eldiario.es/tribunaabierta/Confederacion-almas_6_507509267.html
[Accessed 27 November 2016].

Mouffe, C., 2013. Hegemony, Radical Democracy and the Political. 2nd Editition ed. London: Routledge Innovators in Political Theory.

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Rodrik, D., 2012. The Globalization Paradox. s.l.:Norton & Company.

Rodrik, D., 2016. Project Syndicate. [Online]
Available at: https://www.project-syndicate.org/commentary/anti-globalization-backlash-from-right-by-dani-rodrik-2016-07
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Türken, S., 2016. Making Sense of Neoliberal Subjectivity: A Discourse Analysis of Media Language on Self-development. Globalizations, 13(1), pp. 32-46.

The New York Times Editorial Board, 2016. The New York Times. [Online]
Available at: http://www.nytimes.com/2016/07/22/opinion/europes-continuing-shame.html
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