Grecia: un manual de cómo no hacer las cosas

Durante las últimas semanas el problema griego se ha convertido en el eje sobre el que orbitaba el debate político europeo. La evolución de los acontecimientos, sin embargo, no invita a pensar que la situación se haya resuelto ni mucho menos. El evidente e inapelable fracaso del gobierno de Tsipras en las negociaciones no debe ocultar los errores, múltiples y variados, también cometidos por las instituciones comunitarias.

Es cierto que los griegos están hartos de años de recortes y políticas de austeridad y eso dificulta esa asunción de las exigencias a cambio del paquete de ayuda, pero no se puede exigir ayuda para evitar la quiebra sin cambiar absolutamente nada.  El ejecutivo de Tsipras, además, agita e incita este sentimiento para reforzar su posición en las negociaciones.
La plaza Syntagma ha sido escenario de numerosas concentraciones a favor y en contra de las políticas económicas de la troika y el ejecutivo de Tsipras

Aun a riesgo de que lluevan las críticas, las cosas hay que decirlas tal y como son. Grecia es un país que sufre en último término las consecuencias de su propia incapacidad para resolver sus problemas. Los males de Grecia son, básicamente aunque no únicamente, culpa de Grecia. Hasta hace bien poco, la élite política griega representada por los Papandreu, Karamanlís, Mitsotakis… hacía y deshacía a su antojo con el beneplácito de una población que revalidaba su apoyo elección tras elección. Las consecuencias con las que tiene que lidiar el ejecutivo de Syriza ya las conocemos.

Han sido esos gobernantes, con el apoyo de la población, quienes han mantenido un sistema político clientelar y cleptocrático que ha costado mucho dinero a sus propios ciudadanos, pero que ha sido lo suficiente hábil para que ese comportamiento no fuera castigado como debería, permitiendo a los griegos mantener unos privilegios de los que no gozan, ni mucho menos, el resto de los europeos. Efectivamente, sería deseable que todos los países integrantes de la Unión Europea tuvieran unas edades de jubilación más bajas, sin duda. También sería deseable poder evitar recortes en sanidad o educación.  Sin embargo, parece inaceptable acudir a una negociación para poder salvar la economía de tu país con la ayuda, entre otras instituciones, del BCE, cuando la edad de jubilación de tu país es la segunda más baja de Europa, únicamente por detrás de Francia. Entre provocar el sufrimiento deliberado a la población griega con calendarios increíbles para cobrar una deuda impagable y mantener a toda costa este tipo de privilegios tiene y debe haber un punto intermedio. Y es cierto que Grecia prevé aumentar su edad de jubilación a los 62 años… durante la próxima década.

Esta es solo una parte de la realidad. Los griegos mantienen ciertos privilegios, pero han perdido muchísimo durante estos años en los que se les ha aplicado de manera errática una política económica que se ha demostrado fallida. Han perdido prestaciones sociales, han sufrido recortes y se les ha quitado mucha de su dignidad como país. La depresión social que vive el país es consecuencia de los errores de los griegos (ciudadanos y políticos) pero también de la troika. La depresión que ha inundado Grecia durante meses parece haberse tornado en cólera a la luz de las últimas revueltas en Atenas fruto de la frustración generada por la incapacidad del gobierno de Tsipras de acabar con la parálisis que genera una deuda que hoy es el 180% de su PIB.

Los griegos mantienen ciertos privilegios, pero han perdido muchísimo durante estos años

El problema, desde mi punto de vista, es que ninguno de los actores se dan cuenta que forman parte del problema y malgastan energías en señalarse mutuamente como causantes de un problema económico, político y social cuyas consecuencias pagan, en último lugar, los ciudadanos griegos. A la vez, son ellos quienes parecen ser incapaces de aceptar que no se puede seguir pidiendo más ayuda a los socios del país (en algunos casos países aún menos prósperos que la propia Grecia) para poder gozar en algunos aspectos de unos beneficios sociales que superan con creces a los de aquellos. Es cierto que los griegos están hartos de años de recortes y políticas de austeridad y eso dificulta esa asunción de las exigencias a cambio del paquete de ayuda, pero no se puede exigir ayuda para evitar la quiebra sin cambiar absolutamente nada.  El ejecutivo de Tsipras, además, agita e incita este sentimiento para reforzar su posición en las negociaciones.

El bloqueo llegó a un punto las pasadas semanas que Tsipras acabó lanzando un órdago a sus socios en forma de referéndum cuyo resultado terminó en último término complicando aún más su posición en las negociaciones y ha terminado dividiendo en dos a su partido. Su papel de líder del cambio que necesita Grecia ha quedado además en entredicho con la exigencia de más sacrificios a los ciudadanos a la vez que mantiene el clientelismo y un gasto desproporcionado en partidas como el gasto militar mientras coquetea con la Rusia de Putin para poner nerviosa a la UE. El propio presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Junker, señalaba acertadamente que con rebajar unas décimas el gasto militar respecto del PIB podrían evitar la subida del IVA que entra en vigor ya. Sin embargo, Tsipras ha decidido evitar que el recorte (sólo con reducir un 1% del PIB se ahorrarían al año 1.790 M€) recaiga sobre el Ministerio de Defensa en lugar de perjudicar a la población gravando el consumo y lastrando la economía productiva, algo que no viene precisamente bien al país.

Con rebajar unas décimas el gasto militar respecto del PIB podrían evitar la subida del IVA 

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Al final el resultado de todo esto está siendo, como se evidenció en el referéndum, un rotundo rechazo a las políticas económicas europeas y el cuestionamiento de la propia irreversibilidad del Euro. Es tiempo de que todas las partes acepten que tienen algo que perder para evitar perderlo todo por el camino. Grecia deberá seguir realizando reformas y recortes (que el gobierno debería intentar evitar en la medida de lo posible que recayeran directamente sobre los más vulnerables), el resto de socios ayudando al país heleno y las instituciones internacionales aceptar la idea de que el total de la deuda griega es sencillamente impagable y una quita es inevitable. El proyecto europeo se tambalea seriamente y es más necesario que nunca pensar en el bien común anteponiéndolo al propio con una visión cortoplacista que solo conducirá al empeoramiento de la situación.

Tu marca personal como escaparate de talento

Daniel Rubio SánchezEn un mercado laboral cada vez más competitivo y abierto a competencia de otros países distinguirse de los demás puede ser una estrategia clave para hacer frente al resto de candidatos en un proceso de selección. En la actualidad, perduran todavía la entrevista presencial y la entrega de CV, pero los empleadores comienzan a valorar también a sus posibles empleados por otros criterios menos específicos que, sin embargo, abren nuevas posibilidades a quienes sean capaces de identificar esta ventana de oportunidad.

Una gestión adecuada de nuestra ‘marca digital’ puede ser determinante para conseguir el puesto de trabajo deseado. Quedarse en una mera recopilación simplificada de datos, fechas y títulos como ocurre con la mayoría de los currículum limita las posibilidades del interesado. Una estrategia acertada para conseguir ir más allá del resto y enseñar al equipo de recursos humanos correspondiente aquello que consideras que deberían saber pero no cabe en un CV es gestionar de manera adecuada tu perfil de LinkedIn. Esta web permite al posible candidato extenderse, mostrar al empleador sus intereses personales, señalar su participación en eventos que puedan ser relevantes para el puesto deseado, enlazar artículos publicados en webs o revistas de prestigio o su participación en diferentes actividades durante la vida universitaria.

Que nadie se engañe, pocas compañías evitan consultar el la huella digital de sus candidatos. Cuidado si tu perfil de Twitter es accesible buscando tu nombre completo y tienes la costumbre de publicar a qué hora te despiertas normalmente. Cuidado si repites en este tipo de redes que acudes a una entrevista de trabajo con poco interés. No solo vale, sin embargo, con evitar caer en este tipo de errores fácilmente subsanables haciendo la cuenta privada o evitando publicar ese tipo de mensajes, para tener éxito hay que ser suficientemente hábil para crear una marca personal en el entorno digital conocida y previamente preparada para que esas personas interesadas vean aquello que tú quieres que vean y esto sea de ayuda para tus intereses profesionales.

Un buen perfil en LinkedIn complementa un CV. Una página web personal accesible con la búsqueda del nombre completo también puede servir de escaparate de proyectos, trabajos y logros en el pasado, premios y reconocimientos… la lista es tan larga como quieras que sea. Tu creatividad a la hora de hacer de este espacio web algo único y atractivo determinará en gran medida su éxito y los beneficios que pueda reportarte. Uno de mis referentes e inspiraciones en este tema es la web personal de Alberto García Durán. En ella se puede ver desde su formación o experiencia hasta sus apuntes de diferentes asignaturas de la carrera y proyectos personales como Bendita Becariedad. Es un ejemplo entre muchos, pero da una idea de lo que puede llegar crearse con ganas y tiempo. La imagen que proyecta de él es un plus que otro candidato probablemente no tenga en un proceso de selección.

Nada garantiza que ser capaz de crear esta ‘marca digital’ personal vaya a hacer que consigas el puesto que deseas, pero quienes hemos nacido con un ordenador en casa no debemos perder las oportunidades que tenemos sobre el resto. Al final, será nuestra actitud creativa, innovadora y activa la que determinará en gran medida nuestro éxito profesional en el futuro. ¿Qué mejor que mostrársela a quien más puede interesarle?

La Doctrina Obama y el Smart Power

Daniel Rubio Sánchez. La llegada al poder de Barack Obama se produjo, entre otros factores, por el giro radical en política exterior que pretendía traer a la administración estadounidense. Ahora que comienza la carrera por su sucesión comienza el momento del análisis y los balances. ¿Fue Obama realmente un cambio frente al expansionismo militarista de Bush? ¿Es Estados Unidos hoy una nación más fuerte en su dimensión internacional?  

Artículo publicado originalmente el 6 de julio de 2015 en VladivostokMag

President Barack Obama talks with President Hamid Karzai of Afghanistan during a phone call from the Oval Office, Nov. 2, 2009.   (Official White House photo by Pete Souza This official White House photograph is being made available only for publication by news organizations and/or for personal use printing by the subject(s) of the photograph. The photograph may not be manipulated in any way and may not be used in commercial or political materials, advertisements, emails, products, promotions that in any way suggests approval or endorsement of the President, the First Family, or the White House.

     Año 2008. Estados Unidos sufre ya las primeras señales de una crisis económica que terminaría por ser más larga de lo que la mayoría de los analistas preveían. Obama hereda una crisis económica global y un grave deterioro de la situación de paz en Oriente Medio. Su campaña para llegar al despacho oval tiene como leitmotiv el cambio, la ruptura respecto a la presidencia de Bush. Una vez alcanza el poder con ese mensaje se enfrenta a una gran tarea que muchos analistas consideraban necesaria: adaptar la política exterior de los Estados Unidos al siglo XXI.

     En el mundo de la política, especialmente en su esfera más internacional, en muchas ocasiones los gestos tienen un gran valor. Hay quienes le otorgan casi tanto como a las acciones en sí. No comparto esa posición, pero es innegable que la presidencia de Obama ha supuesto un cambio radical si atendemos a los gestos que se han enviado desde la Casa Blanca al resto del mundo. Un cambio radical evidenciado en los discursos del presidente, vicepresidentes y del Partido Demócrata casi en su conjunto. También en una acción exterior cuyo relato ha girado en torno a un principio muy simple: la necesaria transición del hard power al smart power.

     Los atentados del 11 de septiembre de 2001 dieron paso a una política exterior tremendamente agresiva y de carácter esencialmente unilateral basada en la defensa de la seguridad nacional. Esta estrategia, que tuvo como consecuencia una pérdida de poder e influencia real que experimentó el propio Bush y padeció Obama[1], por suerte fue revertida por el segundo mediante un uso más prudente y eficaz de los recursos que poseía Estados Unidos como superpotencia global. Obama comprendió que para mantener su posición hegemónica en el mundo no era necesario ser hostil y agresivo y que la mejor estrategia para mantener el statu quo era atraer a otros países a través de una agenda de intereses y valores comunes que atrajera y provocase que estuvieran del lado de Estados Unidos, el conocido como soft power. Ser el jefe del mundo no implica comportarse como un abusón de patio de recreo por ser el más fuerte. La hegemonía implica contrapesos propios de contención precisamente para poder conservar esa posición favorable. Utilizar el poder de forma inteligente –smart power– no implica ser menos fuerte, sino tener la capacidad de utilizar los recursos más duros –hard power– únicamente cuando sea exclusivamente necesario en un contexto en el que el poder se desconcentrando y se diseminando a marchas forzadas.

     Hay quien considera –erróneamente desde mi punto de vista– que el papel que debería ejercer Estados Unidos en el mundo como superpotencia debería ser más duro, más intenso, menos dialogante, más cerrado, menos sutil y más agresivo, en definitiva más cercano a la forma de liderar el mundo de Bush. Esos análisis políticos, basados en una perspectiva ciertamente antigua e incompleta de las relaciones internacionales, a mi forma de entender han quedado atrás. El poder en el mundo actual no se mide ya únicamente en tropas militares, tanques de guerra o aviaciones. El poder ha adquirido desde que comenzó el proceso globalizador una dimensión intangible y por tanto difícilmente cuantificable en la que la capacidad de influencia de los estados en otros estados de manera indirecta cobra un gran peso. No se trata ya únicamente de tener capacidad de someter a otro estado a tus intereses mediante la presión militar como establecía la Doctrina Bush, sino también de poder ejercer cierto grado de influencia en sus decisiones políticas y tratar de evitar alcanzar el conflicto militar. Reuniones bilaterales frente a las escaladas militares o nucleares. Las instituciones internacionales como centro de debate y discusión frente al teléfono rojo de la Guerra Fría. La diplomacia pública frente al conflicto militar directo como primer recurso.

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   Obama ha cometido numerosos errores y ha caído en demasiadas incongruencias en el complicado equilibrio entre los recursos de los que disponía para mantener su poder. Libia es un ejemplo. Su forma de ejercer el poder es más compleja e indiscutiblemente más complicada. En demasiadas ocasiones acaba descontentando tanto a los partidarios de una línea más dura como a los sectores más izquierdistas y pacifistas de su propio partido. Sin embargo, pese a ello, Obama ha logrado desde mi punto de vista adaptar la política exterior estadounidense al contexto en el que se desarrolla, y este es un avance muy considerable. Ni la Unión Europea ni otros de sus aliados de Occidente tienen ya una posición tan estatocéntrica y ajena al valor de la imagen internacional y el poder de la negociación en las instituciones internacionales. Estados Unidos debía adaptarse si quería mantener su poder y así ha sido. Obama ha logrado además a través de esa estrategia de cambio imponer una agenda política favorable a los derechos humanos, la democracia y el liberalismo que ha calado mejor en la opinión pública mundial –especialmente la de sus aliados– que la supuesta defensa unilateral de los valores occidentales rifle en mano de Bush.

     Su política exterior, más abierta e inclusiva, queda aún lejos de lo que algunos deseamos pero marca sin duda un cambio respecto a etapas anteriores y abre camino a sus posibles sucesores en el Partido Demócrata dejando una herencia política mucho mejor que la recibida. Un balance positivo en el conjunto de sus políticas, no solo la exterior, que los estadounidenses, espero, sabrán valorar con el tiempo. Quedan por delante retos como el ascenso de China, el conflicto con Rusia y las relaciones con Cuba. Nada demostrará mejor con el tiempo lo acertado o no de sus políticas que las propias consecuencias de sus decisiones. Los efectos de su apuesta por el smart power deberán ser visibles y tangibles. De lo contrario, el regreso de las políticas neoconservadoras será difícilmente evitable. Yes we can, decía durante la campaña. ¿Podrán sus políticas cimentar un nuevo camino para la política exterior estadounidense?

 

[1] Pew Research Center. Views of the United States.

http://www.pewglobal.org/2014/07/14/chapter-1-the-american-brand/

Ciudadanos: el cambio sin cambio

Daniel Rubio Sánchez. Sorprendentemente -o quizás no tanto- durante los primeros meses de 2015 no ha sido Podemos la fuerza dominante en el discurso político. Ciudadanos, un partido hasta entonces con un peso casi nulo a nivel nacional más allá de Cataluña, copa actualmente las tertulias, el debate público y las discusiones sobre el color de los gobiernos que saldrán del recuento de las urnas el próximo 24 de mayo.

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Su clara identificación como cambio sensato no deja de esconder un discurso tramposo y cómodo para el poder. Su programa político, infinitamente más moderado que el de Podemos, presenta una alternativa al votante cansado del Partido Popular y el Partido Socialista cuya retórica no pasa de la crítica moderada y el acercamiento pragmático a las dinámicas del poder.

Frente a la reclamación de un cambio profundo -aunque cada vez menos- de Podemos, Ciudadanos propone cambios superficiales cómodos para una ciudadanía temerosa de cambios reales que puedan traer inestabilidad, ruido y negociación al límite. La política de pactos de Ciudadanos, que a la vista de lo acontecido en Andalucía presenta un nivel de exigencia francamente bajo, es una opción cómoda para facilitar la gobernabilidad de PP y PSOE sin necesidad de pactar con Podemos o tener incluso que pactar entre ambos. Frente a la exigencia clara y decidida de medidas de cambio político real profundo de corte transversal y no necesariamente vinculadas con la extrema izquierda, parece que Ciudadanos primará la necesidad de estabilidad política y lo que se llama, no sin cierta hipocresía, responsabilidad. 

ESTABILIDAD POR ENCIMA DEL CAMBIO

Las propuestas económicas de Ciudadanos presentadas hasta el momento no tendrán gran peso si, como hasta ahora aseguran desde el partido, no entran a formar parte de ningún gobierno si no ganan las elecciones. Así pues, su influencia política real y tangible en el desarrollo de políticas públicas queda más bien limitada a unas pocas medidas suficientemente mediáticas como para poder justificar abstenciones o votos a favor de gobiernos de distinto signo político en pos de la gobernabilidad. Para todo lo demás, la situación seguirá exactamente igual que hasta el momento: gobiernos y medidas bajo las siglas de PP o PSOE, ya que aparentemente no tienen intención de influir directamente en la acción del gobierno que decidan. Su labor se limita por puro tacticismo electoral antes de las generales a ejercer de árbito y no de vigilante al menos, como sería deseable. Más que ante un cambio parece que estemos ante reformas cosméticas sin más propósito que justificar la propia existencia del partido como actor político alternativo a Podemos. 

UN VOTO PROTESTA… PARA NO PROTESTAR DEMASIADO

No parece haber entendido el pretendido reformismo amable de Ciudadanos la necesidad real de cambio que existe en el país. Su estrategia política, forzadamente incolora y de fondo insípida no cuestiona la raíz de los problemas ni lo pretende. No cuestiona aparentes consensos que no lo son tanto que necesitan ser cuestionados desde que se alcanzaron en 1978. No pretende grandes reformas ni grandes cambios. Estabilidad y cambio sensato. Tranquilidad y sosiego. Calma.

Ni siquiera se atreve a reclamar cambios en la Constitución. Su aspiración, dicen, no es romper España, como si aspirar a más tuviera que suponer la quiebra del país.  En el fondo, todo se mantiene y ese es su objetivo como antídoto de Podemos. Evitar un cambio fuerte y garantizar que todo se mantenga más o menos igual facilitando a la ciudadanía la posibilidad de utilizar un voto protesta… que no protestará demasiado. No les faltará apoyo en un país tan políticamente cobarde como el nuestro.

La moderación ideológica y la centralidad se confundirá con cobardía, negarse a facilitar a cualquier precio gobiernos con inestabilidad y caos, y el papel de bisagra con el de muleta de unos u otros. Todo esto aderezado con una bonita, joven y blanqueada sonrisa Profidén, un perfil irresistible para quienes buscan cambiar todo para que no cambie nada.

Los Verdes británicos: ¿éxito colateral?

Daniel Rubio Sánchez. Desde verano de 2014 Los Verdes británicos (The Green Party) han ido avanzando sin prisa pero sin pausa en los sondeos y han pasado de poco más de 13.000 miembros a más de 30.000. ¿Dónde están las claves de este éxito?

Parecía que éxito electoral que el UKIP (United Kingdom Independence Party) está consiguiendo desde principios de 2013 afectaría en mayor medida al Partido Conservador británico que al Partido Laborista. Sin embargo, el hartazgo ciudadano con las dos grandes formaciones políticas y la configuración de una nueva opción política de extrema derecha parecen haber abierto una ventana a los votantes de izquierdas cansados del liderazgo sin carisma de Ed Miliband y su seguidismo a Cameron. La izquierda parece estar experimentando un proceso de reconfiguración política diferente en términos cualitativos y cuantitativos pero esencialmente parecido en términos electorales a medio plazo.

Hace algo más de un año analicé en profundidad las raíces ideológicas de las que brotaba un fenómeno político sin parangón en la política británica como el UKIP. A grandes rasgos, en ese análisis identifiqué la concatenación de una serie de factores como la división del conservadurismo británico en torno a la cuestión independentista, la desafección con las políticas en el gobierno de Cameron o una retórica atractiva para la derecha como claves para el éxito electoral de la formación. Este éxito se ha mantenido – UKIP fue el partido más votado en Reino Unido las pasadas elecciones europeas- pero no ha logrado mantener un ritmo de crecimiento suficiente para amenazar a los conservadores como alternativa de gobierno. Por el camino, sin embargo, ha logrado con una retórica incendiaria y polémica el apoyo de los sectores más descontentos del conservadurismo y, también en gran medida, el apoyo de muchos de los antiguos votantes del histórico Partido Laborista, la llamada working-class. Los apoyos de los conservadores durante los últimos dos años se han mantenido más o menos estables en el entorno del 31-33% de los apoyos mientras que los laboristas ha perdido gran parte de su voto más fiel y de los votos recuperados de los liberal-demócratas tras su acuerdo de gobierno con Cameron. En su caso, de rondar el 43% han pasado en la actualidad a intentar romper la barrera del 35% en los sondeos.

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En la explicación de este singular declive de la alternativa de centro-izquierda al gobierno conservador hay que considerar, entre otros factores esenciales como las fugas a UKIP el débil liderazgo de Ed Miliband como referente del partido, la fractura provocada por la posición frente a la independencia escocesa y, sin duda, la aparición de Los Verdes como partido a tener en cuenta a nivel nacional.

Combativos contra las injusticias sociales y claramente situados a la izquierda. Centrados en temas medioambientales pero sin olvidar la sociedad que quieren construir. Sin propuestas radicales pero buscando una nítida diferencia con los partidos hasta ahora presentes en la escena nacional. Los Verdes británicos proponen una alternativa que gana solidez con el tiempo, apoyo social –en las pasadas elecciones europeas alcanzaron 1,2 millones de votos y dejaron atrás a los liberal-demócratas- y músculo con una afiliación que crece sin descanso y se acerca ya también a la de los de Nick Clegg.

Gran parte de su éxito hay que buscarlo en el norte. Los Verdes escoceses, independientes pero hermanados con The Green Party, han apoyado el referéndum de independencia y se han mostrado claramente partidarios de la secesión. Han sido, de hecho, el único partido en hacerlo además del Partido Nacional Escocés (Scottish National Party). La crisis de identidad de los laboristas y el declive de los liberal-demócratas les ha llevado a ser ya el cuarto partido en esta nación con un proyecto basado en la ecología, la igualdad, la defensa de la democracia y la paz como pilares básicos.

Las tendencias electorales muestran un crecimiento sostenido del partido tras el éxito en las elecciones europeas que ya amenaza los intereses del laborismo británico de cara a mayo de 2015, fecha en la que se celebrarán elecciones generales en Reino Unido. Situados ya por encima de la barrera psicológica del 5% y superando en numerosas encuestas a los liberal-demócratas el objetivo de Los Verdes es irrumpir con suficiente fuerza como para situarse como cuarta fuerza a nivel nacional. Este escenario, pese a que debido a la ley electoral británica tampoco alteraría demasiado el panorama, crearía una estructura política de cinco partidos.

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 El éxito de los liberal-demócratas en las anteriores elecciones generales tuvo mucho que ver con el declive de los laboristas por su giro hacia la tercera vía, pero también con la capacidad de ilusionar al electorado con una propuesta novedosa liderada por un partido con mucha historia pero no tanto pasado en el 10 de Downing Street. El ‘factor novedad’ se antoja clave para entender mucho de lo que está sucediendo actualmente en España, pero no únicamente en nuestro país. Como se puede ver, las tendencias de crecimiento de partidos alternativos a los clásicos son algo relativamente extendido en Europa y Reino Unido no es la excepción. En este caso, sin embargo, estaríamos ante un fenómeno diferente al español, ya que las fuerzas alternativas surgen tanto a derecha en el caso de UKIP como a izquierda con Los Verdes.

Si bien Europa ha sido escenario de éxitos de propuestas políticas posmodernas centradas en la ecología política –especialmente en el norte de Europa- no deja de ser cierto por otra parte que no es común que esas formaciones alcancen papeles mayoritarios en la distribución de fuerzas políticas. ¿Podría decirse que los partidos verdes hacen con un techo electoral? Es difícil determinarlo, pero lo que sí parece más claro es que el éxito, aún tímido pero ya destacable, del Green Party en Reino Unido responde más a una realineación de la propia izquierda desencantada frente a la redefinición de una derecha al alza en conjunto.

El ‘efecto UKIP’ podría haber actuado de catalizador para la propia izquierda británica. A falta de un partido comunista fuerte independiente de un laborismo cada vez más cercano al socioliberalismo de los liberal-demócratas y la inmolación de estos últimos como alternativa al llegar al gobierno la izquierda más joven, formada y reivindicativa parece comenzar a reagruparse en torno a la propuesta verde. Como se ha analizado en más de algún artículo de The Guardian, Los Verdes parecen ser la nueva opción ‘anti-UKIP”.

La sostenibilidad de este crecimiento, aparentemente condicionado principalmente por factores externos al éxito intrínseco del partido como alternativa política, dependerá en gran medida de su capacidad de liderar a un importante sector de los votantes británicos que no solo reclaman nuevas formas de hacer política, sino propuestas más decididas no únicamente centradas en el medioambiente creíbles y a la vez suficientemente valientes para emocionar a un electorado apático entre dos candidatos mayoritarios insulsos y un aprendiz de bufón independentista llamado Nigel Farage que aspira a tener la llave de las mayorías en Westminster para mayo. Quizá solo esta posibilidad logre colateralmente que Los Verdes se consoliden, aunque curiosamente sea a costa de la alternativa a la derecha, los laboristas. La política británica está al rojo vivo… ¿o al verde?

Podemos: del dominio del lenguaje al poder en las instituciones

Daniel Rubio Sánchez. Parecía imposible hace tan solo unos años, pero el tablero político español ha cambiado. ¿Se trasladarán esos cambios a las instituciones? ¿Ha cambiado realmente la sociedad?

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Por primera vez en más de 30 años las encuestas vaticinan mayoritariamente la victoria de un partido político que no es PP o PSOE. Una situación que, pese a ser de extraordinaria relevancia en el plano político, no parece tampoco haber recibido la atención que merece.

Desde la crisis de 2008 el sistema de partidos español ha sufrido numerosos sobresaltos, pero no ha sido hasta ahora cuando el equilibrio de poder ha sido enormemente alterado. La resistencia de los partidos tradicionales a adaptarse a una realidad social cambiante derivada de una mayor exigencia ciudadana con sus representantes ha creado un marco de oportunidad por el que han entrado con mucha fuerza nuevas formaciones políticas. La tan cacareada grieta del bipartidismo ha dado paso a un agujero por el que el sistema político está recuperando a numerosos ciudadanos que desde hace un tiempo no se veían representados.

No han sido, y no parece que vayan a serlo, UPyD o Izquierda Unida como fuerzas minoritarias quienes vayan a recoger ese descontento. Ninguna de las dos formaciones tiene a día de hoy unas perspectivas electorales halagüeñas (ambas formaciones se mueven entre el 5-6% de los votos) y el escenario político que empieza a vislumbrarse para 2015 les otorgaría, con suerte, el papel de fuerzas residuales en un Congreso con tres grandes bloques políticos. Ni el intento de canalizar la indignación con la corrupción ha funcionado para UPyD ni el intento de arrebatar espacios al PSOE por su izquierda con una retórica pseudomarxista ha sido fuente de apoyos suficiente para IU.

La pregunta a plantearse en este momento es, ¿por qué habrían fracasado Izquierda Unida y UPyD en el mismo marco político en el que Podemos sin embargo parece que va a triunfar?

La identificación de los factores de este fracaso y éxito debe ser, desde mi punto de vista, multicausal. En primer lugar hay que destacar el éxito de Podemos a la hora de establecer un marco ideológico favorable, algo que ni Izquierda Unida ni UPyD han sabido hacer. A pesar de que la situación política y económica y las consecuencias sociales les eran favorables a su discurso ninguna de estas formaciones políticas ha sabido crear un marco conceptual fuerte que estableciera una clara delimitación entre ellos y los demás. A pesar de las innumerables ocasiones en las que hemos podido ver a ambas formaciones minoritarias atacar el bipartidismo y sus deficiencias ninguna de las dos ha logrado ofrecer algo distinto a ojos de los ciudadanos.

Podemos, con sus carencias en otros ámbitos, ha sabido crear un campo de juego político que como es de esperar es totalmente favorable para ellos: nosotros contra la casta. Para crear este marco ideológico se han servido no solo del término casta, sino de la identificación como casta de prácticamente todo aquello que existiera con anterioridad a ellos estableciendo a la vez una crítica que les definía políticamente más allá de etiquetas. A la vez que han creado en el debate político actual un marco cognitivo con grandes réditos electorales para su partido han utilizado esa identificación de los defectos del adversario como forma de demostrar su superioridad. No estamos atendiendo – ni vamos a atender- a una retahíla de argumentos de por qué Podemos es una mejor opción de voto, sino a una enumeración constante de los defectos del otro que consecuentemente establecer a Podemos como mejor alternativa dentro del desastre que identifican correctamente.

Ahí está uno de los factores que explican el éxito, la división Podemos-casta, o Podemos-régimen del 78. Su acertada estrategia comunicativa y la docilidad de algunos medios han permitido que el debate político desde mayo se haya circunscrito a sus reglas del lenguaje. La estructura cognitiva que han logrado construir en gran parte de la población facilita además que cualquier ataque les refuerce políticamente al identificarse como víctimas de un sistema que teme su éxito electoral.

Sin embargo, la crítica al adversario no explica por sí sola su éxito. El discurso político de Podemos – más allá de esta estructura cognitiva- se asienta en lo que en análisis del discurso político se conoce como significantes vacíos. Sus discursos se articulan en torno a conceptos ontológicamente vacíos y suficientemente ambiguos en su significado como para que cada receptor les dote de un significado que se adapte a sus ideas. Es tan acertada la crítica a Podemos de su falta de concreción en sus líneas políticas como deliberada es esta. Ocupar “la centralidad del tablero político” exige algunos sacrificios como hacer un programa articulado en torno a conceptos genéricos y universales. Esto supone además, como he señalado en algún análisis previo, pasar por encima del eje clásico izquierda-derecha para salir en búsqueda de votantes cabreados con la situación actual que no encuentran acomodo ni en los partidos tradicionales ni en el discurso de los minoritarios.

Es la suma de estos factores –junto a otros muchos- que han propiciado su éxito la que podría explicar llegado el momento también su declive. Si las encuestas de acercan mínimamente a una realidad política cada vez más cambiante Podemos podría tener responsabilidades de gobierno a nivel autonómico o local solos o en coalición con otras fuerzas de izquierda de la misma manera que no sería totalmente descartable su llegada en coalición con el PSOE al gobierno. De su capacidad de mantener un discurso ilusionantemente vacío en el ejercicio del poder dependerá su futuro a medio y largo plazo.

«No me pregunten quién soy, ni me pidan que siga siendo el mismo» decía Foucault en Arqueología del saber. Quién sabe si en un tiempo al tener responsabilidades más allá de canalizar la ilusión de una ciudadanía harta de lo actual Pablo Iglesias dice algo parecido.

¿Pablo Iglesias o Mariano Rajoy?: el dilema de Pedro Sánchez

Daniel Rubio Sánchez. Parece apostar por políticas bastante distintas a las defendidas por el PSOE hasta el momento. Parece estar dispuesto a corregir los errores del pasado. ¿Es Pedro Sánchez lo que parece? ¿Será Pedro Sánchez lo que necesita el PSOE?

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Era inevitable. El recambio generacional en la Secretaría General del PSOE era un clamor entre las bases socialistas durante el anterior periodo de Alfredo Pérez Rubalcaba. Su figura, ligada al pasado (en lo bueno y en lo malo) no era más que la continuación de un lastre que comenzó con la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero.

Mucho se ha escrito sobre el giro económico copernicano del PSOE en mayo de 2010 cuando la crisis económica parecía haber venido para quedarse y la recesión era ya un tecnicismo económico instalado en el vocabulario común de los españoles. Desde la izquierda se les acusado, no sin cierta razón, de haber traicionado sus principios. Desde la derecha española siempre han preferido centrarse en la gestión más que en un cambio de programa económico que, a la postre, han terminado por aplicar aún con más contundencia y sin resistencias internas.

Es más importante en todo caso entender este cambio, a raíz del cual los socialistas articulan un programa de recortes económicos para atajar una crisis de deuda provocada por un nivel de déficit muy elevado, como un giro que deja sin alternativa económica efectiva al país. Con sus diferencias, que no son pocas en todo caso, PP y PSOE pasan a compartir esencialmente unos principios económicos similares. Estabilidad presupuestaria para garantizar la financiación del Estado Social. Parece comprensible, pero no toda la izquierda comparte esta idea, ni siquiera todo el PSOE. Esta división de la izquierda vendrá acompañado un crecimiento de las protestas sociales (el 15M surge, no por casualidad, un año después) y de la izquierda alternativa.

La crisis de identidad de los socialistas se resolvió erróneamente apostando por lo que se consideró estabilidad (Rubalcaba), pero que en realidad terminó por ser continuismo a ojos de unos ciudadanos que empezaban a llevar demasiados años sufriendo las consecuencias de la crisis. Estos ciudadanos castigaron muy severamente al PSOE, que registró su peor resultado histórico el 20N de 2011 ya con Rubalcaba al frente del partido. Nadie se imaginaría entonces que ese resultado sería un objetivo casi inalcanzable dadas las perspectivas actuales.

Tras dos años y medio perdidos con una oposición socialista desnortada, sin alternativas, sin discurso y con partidos a su izquierda cada vez más fortalecidos tras los nefastos resultados de las elecciones europeas se inicia, por fin, el proceso de regeneración del PSOE. Sánchez llega a la dirección del PSOE con una imagen de hombre moderado, de centroizquierda, con intenciones reformistas y con un estilo cercano a la socialdemocracia europea actual encarnada en Manuel Valls o Mateo Renzi.

No hace falta fijarse demasiado para percibir con facilidad el cambio de imagen respecto a Rubalcaba. Frente a los trajes clásicos (que Sánchez utiliza en el hemiciclo al interpelar al gobierno) ahora se apuesta por las camisas blancas en señal de limpieza o la ausencia de corbata como imagen desenfadada. No solo se ha renovado el líder, también quienes le rodean. La nueva Ejecutiva también es más joven. Es interesante también fijarse en la imagen que da a los medios como líder del a oposición en el Congreso de los Diputados rodeado de figuras como César Luena (34 años), Carmen Montón (38) o María González Veracruz (35 años) frente a un presidente rodeado de Rafael Hernando (53) o José Antonio Bermúdez de Castro (55) además, es cierto, de Soraya Sáenz de Santamaría (43).

En todo caso, un cambio de imagen difícilmente podrá compensar los problemas internos de partido que a día de hoy tiene el PSOE. Problemas de coherencia al decir una cosa y la contraria dependiendo de la comunidad en la que lo propongan, problemas de cohesión en torno al asunto catalán, problemas de credibilidad al presentarse ahora como adalid contra la corrupción y problemas tan serios como que una parte cada vez más creciente de la población no vea en ellos la alternativa al gobierno de Mariano Rajoy.

No lo tendrá fácil Pedro Sánchez estos próximos años. La reconfiguración de tablero político con el imparable ascenso de Podemos les coloca como partido necesario para la futura formación de gobiernos. Su influencia en el futuro parece clara, ¿pero en qué sentido?

Mucho se está debatiendo en la actualidad acerca de la posibilidad de una gran coalición electoral formada por el Partido Popular y el PSOE, pero no parece totalmente descartable tampoco (al menos por las declaraciones de los principales dirigentes del PSOE) una coalición con Podemos. Esa coalición, a mi entender, supondría una fuga de votos moderados del PSOE hacia un PP que se erigiría como alternativa moderado a un gobierno claramente de izquierdas. La otra opción, por el contrario, supondría la desaparición del PSOE como alternativa moderada de izquierdas del país.

No parece un panorama demasiado alentador. En todo caso, al contrario de lo que parece que sucederá con formaciones anteriormente en alza como IU o UPyD que ahora de dirigen hacia la irrelevancia parlamentaria, el PSOE tiene la posibilidad de definirse, algo que en política no es tanto visto como una oportunidad sino como un problema. Se hace francamente difícil asimilar que la militancia socialista aceptase una coalición con el PP, por mucho que la justificación fuera mantener a raya al “populismo” de la misma forma que se me hace complicado comprender los motivos por los que el PSOE fuera a dar a su principal adversario político de la izquierda la posibilidad de llegar al Gobierno de España.

La otra posibilidad, menos comentada, y a mi entender más probable, sería un nuevo gobierno conservador con apoyos puntuales del PSOE en temas esenciales (reforma constitucional, PGE…) pero que a ojos de los ciudadanos aparentase ser algo completamente distinto al PP. Quizás la situación política haya llegado en España a un punto en el que juegos así ya no funcionen, pero más valdría intentarlo que un suicidio directo al estilo PASOK.

La apuesta de Pedro Sánchez parece y solo parece, porque hasta el día después de las elecciones no sabremos cuál es su apuesta real, ser la de la estabilidad. La aparición de Podemos como fuerza de cambio en la izquierda y el agotamiento de una Izquierda Unida más dócil de cara a los pactos con los socialistas ha forzado al nuevo PSOE de Pedro Sánchez a reforzar un mensaje propio que trata de desmarcarse tanto de lo que llaman “inmovilismo político del Partido Popular” y “el populismo”, etiqueta que utilizan peyorativamente para referirse al partido liderado por Pablo Iglesias sin nombrarles directamente. Así, el PSOE pretende establecerse como una fuerza moderada en el espectro político capaz de captar tanto a votantes con planteamientos reformistas (no rupturistas como Podemos) y progresistas que no llegan a comulgar con las tesis políticas de Izquierda Unida o Podemos.

40 ANIVERSARIO DEL CONGRESO DEL PSOE EN SURESNES

Pedro Sánchez aboga por un PSOE de grandes mayorías. Un modelo de partido y políticas inspirados en una socialdemocracia europea cada vez más cercana a esa tercera vía inaugurada por los laboristas británicos de Tony Blair relativamente similar a las tesis más progresistas del liberalismo o los planteamientos más liberales de la socialdemocracia clásica. Abre de esta manera un espacio a su izquierda que, de todos modos, ya estaba siendo ocupado por otros partidos en auge, pero apuesta por las mayorías sociales que se ubican en el centro político y entra en combate directo con el PP o, en menor medida, con UPyD. Corre el riesgo, sin embargo, de facilitar a los partidos a su izquierda esa igualación algo tramposa con el PP que ya utilizan al acercarse a su espacio.

De cómo sepa el PSOE diferenciarse dependerá que ese pensamiento de que PP y PSOE son iguales bastante instalado ya en la ciudadanía cale realmente y pueda seguir perjudicando gravemente a los socialistas. En este sentido no es casualidad, y demuestra que la estrategia está bastante más estudiada de lo que parece, que a la vez que el partido inicia un viraje hacia el centro político se refuercen los mensajes de identidad (ley de matrimonio igualitario, ley del aborto, política territorial…) que eviten esa temida comparación con un PP que también parece haberse dado cuenta de que a largo plazo su futuro electoral pasa por moderarse en el aspecto social. En este sentido, se aprecian también cambios en la orientación del programa económico con el brindis al sol de enmendarse su propia reforma constitucional del artículo 135. Solo el tiempo dirá cuánto recorrido tiene esa estrategia.

Quizás el nuevo enfoque ideológico que ha tomado el PSOE sea acertado, como lo ha sido a largo plazo la decisión del PP de no sacar adelante una ley del aborto que les alejaba del centro político, pero ambos parecen olvidar que la falla política identitaria clásica entre izquierda y derecha ha dado paso a un nueva donde los “partidos viejos” se enfrentan a “partidos nuevos”. No deja de estar vigente la diferencia entre izquierda y derecha pero parece tener más importancia una nueva falla (cleavage) creada a raíz de la merecida crítica a los partidos mayoritarios o “viejos”.

La supervivencia del PSOE como partido hegemónico de la izquierda capaz de gobernar y transformar la sociedad a través de su tarea ejecutiva dependerá de su capacidad para rearmarse ideológicamente sin renunciar a sus esencias y saber identificar qué piden los ciudadanos y qué reclaman sus electores. No bastará con caras nuevas o jóvenes. No bastará con un líder joven. No bastará con declaraciones que no llevan a ninguna acción concreta cuando se ejerce el poder. Hace falta proyecto, plantear una alternativa diferenciada a las políticas del Partido Popular sin sectarismos pero sin renunciar a las esencias que definen y diferencian al PSOE, dar una salida diferente a la crisis y demostrar que se pueden hacer las cosas de otra forma. Aún es pronto para saber si Pedro Sánchez es capaz de liderar ese cambio, porque España grita a favor del cambio. Mantener cuatro años más al PP en La Moncloa podría condenarles a la eterna irrelevancia. Solo queda esperar a ver a qué aspira realmente Pedro Sanchez.