La Doctrina Obama y el Smart Power

Daniel Rubio Sánchez. La llegada al poder de Barack Obama se produjo, entre otros factores, por el giro radical en política exterior que pretendía traer a la administración estadounidense. Ahora que comienza la carrera por su sucesión comienza el momento del análisis y los balances. ¿Fue Obama realmente un cambio frente al expansionismo militarista de Bush? ¿Es Estados Unidos hoy una nación más fuerte en su dimensión internacional?  

Artículo publicado originalmente el 6 de julio de 2015 en VladivostokMag

President Barack Obama talks with President Hamid Karzai of Afghanistan during a phone call from the Oval Office, Nov. 2, 2009.   (Official White House photo by Pete Souza This official White House photograph is being made available only for publication by news organizations and/or for personal use printing by the subject(s) of the photograph. The photograph may not be manipulated in any way and may not be used in commercial or political materials, advertisements, emails, products, promotions that in any way suggests approval or endorsement of the President, the First Family, or the White House.

     Año 2008. Estados Unidos sufre ya las primeras señales de una crisis económica que terminaría por ser más larga de lo que la mayoría de los analistas preveían. Obama hereda una crisis económica global y un grave deterioro de la situación de paz en Oriente Medio. Su campaña para llegar al despacho oval tiene como leitmotiv el cambio, la ruptura respecto a la presidencia de Bush. Una vez alcanza el poder con ese mensaje se enfrenta a una gran tarea que muchos analistas consideraban necesaria: adaptar la política exterior de los Estados Unidos al siglo XXI.

     En el mundo de la política, especialmente en su esfera más internacional, en muchas ocasiones los gestos tienen un gran valor. Hay quienes le otorgan casi tanto como a las acciones en sí. No comparto esa posición, pero es innegable que la presidencia de Obama ha supuesto un cambio radical si atendemos a los gestos que se han enviado desde la Casa Blanca al resto del mundo. Un cambio radical evidenciado en los discursos del presidente, vicepresidentes y del Partido Demócrata casi en su conjunto. También en una acción exterior cuyo relato ha girado en torno a un principio muy simple: la necesaria transición del hard power al smart power.

     Los atentados del 11 de septiembre de 2001 dieron paso a una política exterior tremendamente agresiva y de carácter esencialmente unilateral basada en la defensa de la seguridad nacional. Esta estrategia, que tuvo como consecuencia una pérdida de poder e influencia real que experimentó el propio Bush y padeció Obama[1], por suerte fue revertida por el segundo mediante un uso más prudente y eficaz de los recursos que poseía Estados Unidos como superpotencia global. Obama comprendió que para mantener su posición hegemónica en el mundo no era necesario ser hostil y agresivo y que la mejor estrategia para mantener el statu quo era atraer a otros países a través de una agenda de intereses y valores comunes que atrajera y provocase que estuvieran del lado de Estados Unidos, el conocido como soft power. Ser el jefe del mundo no implica comportarse como un abusón de patio de recreo por ser el más fuerte. La hegemonía implica contrapesos propios de contención precisamente para poder conservar esa posición favorable. Utilizar el poder de forma inteligente –smart power– no implica ser menos fuerte, sino tener la capacidad de utilizar los recursos más duros –hard power– únicamente cuando sea exclusivamente necesario en un contexto en el que el poder se desconcentrando y se diseminando a marchas forzadas.

     Hay quien considera –erróneamente desde mi punto de vista– que el papel que debería ejercer Estados Unidos en el mundo como superpotencia debería ser más duro, más intenso, menos dialogante, más cerrado, menos sutil y más agresivo, en definitiva más cercano a la forma de liderar el mundo de Bush. Esos análisis políticos, basados en una perspectiva ciertamente antigua e incompleta de las relaciones internacionales, a mi forma de entender han quedado atrás. El poder en el mundo actual no se mide ya únicamente en tropas militares, tanques de guerra o aviaciones. El poder ha adquirido desde que comenzó el proceso globalizador una dimensión intangible y por tanto difícilmente cuantificable en la que la capacidad de influencia de los estados en otros estados de manera indirecta cobra un gran peso. No se trata ya únicamente de tener capacidad de someter a otro estado a tus intereses mediante la presión militar como establecía la Doctrina Bush, sino también de poder ejercer cierto grado de influencia en sus decisiones políticas y tratar de evitar alcanzar el conflicto militar. Reuniones bilaterales frente a las escaladas militares o nucleares. Las instituciones internacionales como centro de debate y discusión frente al teléfono rojo de la Guerra Fría. La diplomacia pública frente al conflicto militar directo como primer recurso.

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   Obama ha cometido numerosos errores y ha caído en demasiadas incongruencias en el complicado equilibrio entre los recursos de los que disponía para mantener su poder. Libia es un ejemplo. Su forma de ejercer el poder es más compleja e indiscutiblemente más complicada. En demasiadas ocasiones acaba descontentando tanto a los partidarios de una línea más dura como a los sectores más izquierdistas y pacifistas de su propio partido. Sin embargo, pese a ello, Obama ha logrado desde mi punto de vista adaptar la política exterior estadounidense al contexto en el que se desarrolla, y este es un avance muy considerable. Ni la Unión Europea ni otros de sus aliados de Occidente tienen ya una posición tan estatocéntrica y ajena al valor de la imagen internacional y el poder de la negociación en las instituciones internacionales. Estados Unidos debía adaptarse si quería mantener su poder y así ha sido. Obama ha logrado además a través de esa estrategia de cambio imponer una agenda política favorable a los derechos humanos, la democracia y el liberalismo que ha calado mejor en la opinión pública mundial –especialmente la de sus aliados– que la supuesta defensa unilateral de los valores occidentales rifle en mano de Bush.

     Su política exterior, más abierta e inclusiva, queda aún lejos de lo que algunos deseamos pero marca sin duda un cambio respecto a etapas anteriores y abre camino a sus posibles sucesores en el Partido Demócrata dejando una herencia política mucho mejor que la recibida. Un balance positivo en el conjunto de sus políticas, no solo la exterior, que los estadounidenses, espero, sabrán valorar con el tiempo. Quedan por delante retos como el ascenso de China, el conflicto con Rusia y las relaciones con Cuba. Nada demostrará mejor con el tiempo lo acertado o no de sus políticas que las propias consecuencias de sus decisiones. Los efectos de su apuesta por el smart power deberán ser visibles y tangibles. De lo contrario, el regreso de las políticas neoconservadoras será difícilmente evitable. Yes we can, decía durante la campaña. ¿Podrán sus políticas cimentar un nuevo camino para la política exterior estadounidense?

 

[1] Pew Research Center. Views of the United States.

http://www.pewglobal.org/2014/07/14/chapter-1-the-american-brand/

La Geopolítica clásica, una perspectiva incompleta

Daniel Rubio Sánchez. Quienes estudiamos Relaciones Internacionales sabemos que la Geopolítica no goza en la actualidad en términos generales de gran popularidad dentro de la disciplina. Su visión anticuada de las relaciones internacionales y su estrecha relación con la teoría realista han provocado que su enfoque haya quedado desterrado a círculos centrados en el estudio de la seguridad y la defensa, think tanks clásicos y viejos especialistas del campo.

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La idiosincrasia de la Geopolítica está muy vinculada con el Realismo y su visión estatocéntrica de la política internacional. Algunas figuras relevantes del ámbito de la geografía o los estudios militares como Thayer Mahan, Ratzel, MacKinder o Haushofer comparten ese enfoque positivista centrado en el estudio de aquello que pueden percibir y nada más, una visión incompleta que provoca que la disciplina en su conjunto cojee sobremanera en su capacidad de ofrecer respuestas. Centrarse en los factores geográficos para explicar la distribución de la riqueza de las naciones, el reparto de poder o la afinidad internacional puede ser acertado siempre y cuando ese análisis venga complementado de la consideración de otros muchos factores que también ayudan a explicar el por qué del statu quo actual en la escena global. La visión que ofrece la concepción más clásica de la Geopolítica no es errónea, es simplemente incompleta. No es un visión más real del mundo porque su análisis sea aparentemente más empírico, es una visión más simplista cuya base es acertada pero que en demasiadas ocasiones ha servido para justificar los más inexplicables desmanes imperialistas.

El territorio es una forma de cuantificar y cualificar el poder de los países para la geopolítica más clásica ligada con el Imperialismo. Aparentemente todo es simple y evaluable. Todo es tangible. Ciertamente no lo es. La realidad internacional es más compleja, posee más aristas, su análisis encierra demasiados compartimentos que deben ser abiertos para tener una visión real de la situación. Pensar que los clásicos sencillamente eran unos simplones sería un reductio ad absurdum imperdonable. Su visión de la Geopolítica hay que encuadrarla en su contexto temporal y la visión de la vida del momento. No deja de ser paradójico que evitar sus simplificaciones nos lleve a comprender mejor sus propias simplificaciones.

Su visión esconde una pretendida superioridad moral y étnica que enraíza en las teorías genéticas deterministas de Friedrich Ratzel (1844-1904) sobre la el desarrollo de las especies y su adaptación al medio en función de sus genes. Quienes desarrollaron las teorías que han dado lugar al corpus bibliográfico de la Geopolítica tienen en demasiados casos un pasado cercano al racismo, la xenofobia y el odio diferente. La colonización era un instrumento de poder. Los colonizados un instrumento de producción. En aquel momento era el estado natural de las cosas, pero en la actualidad es algo chocante y que despierta una sensación de incomodidad ciertamente desagradable. Lo preocupante no es tanto sin embargo que en el S.XIX-XX estas ideas fueran generalizadas, sino que en la actualidad la impronta de estas ideas se mantenga en la política exterior de las grandes potencias del mundo.

Las políticas colonizadoras tal y como se daban entonces han desaparecido, pero han dado lugar a formas de neoimperialismo, un imperialismo de nuevo cuño regido ahora sí por el poder económico. No hace falta extender tropas hacia determinado territorio pudiendo extender tu área de influencia o imponer un sistema económico favorable a tus intereses y cuyo funcionamiento dependa en gran medida de ti. Es la nueva forma de ejercer el poder, hacerlo de manera sutil y sin que el estado dominado sea consciente de que ese es su papel. El análisis clásico de la Geopolítica no alcanza a explicar nuestras relaciones internacionales quizás porque el mundo en que surgieron esas teorías ya no es el actual o sencillamente porque nunca fue útil para explicar la realidad y solo un mero instrumento para dar brillo, empaque y justificaciones variadas a lo que simplemente era puro expansionismo y ansia de poder.